El tiempo es un misterio que no solo se revela cuando ya ha pasado. Mientras lo vivimos, corre silencioso, tímido, como si no quisiera interrumpirnos. Pero basta una mirada - una abuela con las manos llenas de historias, una madre cuyo cuerpo guarda la memoria de todos los inviernos, una persona que lleva en la piel la huella de los años, un padre que con la alegría con la que da la bienvenida al mundo a su hijo recién nacido, se enfrenta a su despedida antes de tiempo con el mayor de los sufrimientos a los que se puede enfrentar un ser humano- para que algo dentro de nosotros despierte
Es, en ese cruce de miradas, cuando comprendemos que este momento no volverá. Que lo cotidiano era extraordinario y no lo supimos ver. Que cada gesto, cada conversación, cada abrazo tenía un brillo que solo ahora, desde la distancia, somos capaces de reconocer.
Tomar conciencia del tiempo vivido es como abrir una caja que no sabemos que guarda. Dentro encontramos risas que ya no recordábamos, decisiones que nos cambiaron sin darnos cuenta, días que parecían eternos y otros que se nos escapaban entre los dedos.
¿Y entonces surge la pregunta silenciosa: ¿Ha pasado todo rápido o lento?
La verdad que el tiempo no tiene una sola velocidad. Se acelera cuando somos felices, se estira cuando duele y se detiene en los instantes que nos marcan.
Pero es cuando miramos hacia atrás, cuando vemos el paso de los años reflejado en quienes amamos, descubrimos que la velocidad del tiempo no se mide con relojes sino con sentimientos.
Si sentimos que todo paso volando, quizá es porque lo vivimos con intensidad. Si sentimos que fue lento, quizá es porque cada etapa os enseño que necesitábamos aprender.
El tiempo no vuelve, pero deja señales. Y mirarlas de frente – sin miedo, sin prisa, sin nostalgia que duela- es una forma de honrar la vida,
La vida nos enseña a cámara lenta
Cuando pensamos en el tiempo, inevitablemente pensamos en ella (Alejandra). En la niña que llego a nuestra vida como un destello breve pero infinito, como un instante que no vuelve, pero permanece. Su ausencia nos enseñó que el tiempo no es una línea que avanza, pero si un territorio que se expande dentro de nosotros. Hay días que pasan rápido, como si la vida nos empujase hacia adelante, en cambio otros días pasan lentos, casi inmóviles, porque su recuerdo nos detiene con una suavidad que duele y al mismo tiempo consuela. Vivir el duelo de nuestra hija es aprender a mirar el tiempo de otra manera: no como algo que se lleva lo que amamos, sino como el espacio en el que su recuerdo crece en silencio.
Descubrimos que honrando su vida no nos aferramos al pasado, sino que permitimos que su presencia se trasforme, convirtiéndose en un puente hacia ella.
El Duelo no solo es dolor: es también la forma de recordar que fuimos tocados por una vida que nos cambió para siempre.
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